No es necesario vivir sumido en la oscuridad.

Métodos hipnóticos en la cardiología experimental

 Efecto de los factores psicológicos

La técnicas hipnóticas posibilitan la exploración de las respuestas cardiovasculares, al estímulo psicológico, en individuos sanos y en pacientes con enfermedades cardiacas orgánicas o funcionales.
Podemos resumir el presente estado de los resultados experimentales en este campo de investigación, diciendo que el estímulo psicológico dado, ya sea durante la vigilia o en el estado hipnótico, parece tener la facultad de alterar casi cualquier función cardiovascular. Se tienen informes sobre cambios fisiológicos del tono arterial y venoso; de la fuerza de la contracción del miocardio y el volumen del latido, del gasto cardiaco y del ritmo del corazón.
La lista de los fenómenos patológicos que podrían atribuirse a la emoción profunda, incluyen perturbaciones del ritmo cardiaco, tales como las extrasístoles y la taquicardia atrial paroxística. Las alteraciones electrofisiológicas que pueden producirse con los estímulos psicológicos, comprenden cambios en el segmento S-T, la onda-T y el complejo QRS.

Ventajas del estímulo hipnótico 

Uno de los problemas metodológicos de investigación que se sustentan en este campo, está en la dificultad de crear una circunstancia experimental, por medio de la cual es sujeto acepte un estímulo psicológico lo suficientemente intenso, para que evoque una respuesta cardiovascular.
El deseo de responder cada vez mejor a las sugestiones, característico del sujeto hipnotizado, no es la única ventaja derivada del uso de la hipnosis, en esta clase de investigación. El estado hipnótico permite la aplicación de gran variedad de estímulos muy intensos, capaces de producir una respuesta psicofisiológica incluyendo un componente cardiovascular mensurable.
Cualquier sugestión hecha a un sujeto en estado de vigilia, como por ejemplo: “usted está ascendiendo por la montaña muy empinada; su corazón late rápidamente, respira con mucha dificultad”, pronto sería vista por el sujeto en relación con su realidad actual, y rechaza con facilidad. Si un individuo en estado de hipnosis profunda acepta el hecho de que tiene que escalar una montaña ahora, puede poner a funcionar sus recuerdos, con el fin de experimentar lo que se siente al escalar montañas, exactamente como si estuviera soñando. Luego, si continúa trepando por una eminencia todavía más alta y escarpada, que hace la ascensión cada vez más agotadora, puede aceptar el desarrollo del ajuste cardiorrespiratorio usual en tal situación, porque es compatible con su experiencia pasada.
Lo mismo es aplicable a otras circunstancias experimentales, en las cuales emociones profundas, como el terror y la cólera, provocadas hipnóticamente, pueden llevar a una reacción cardiovascular. Esta reacción es particularmente notable en el caso de la angina del pecho causada por sugestión. La víctima de este mal que puede ser llevada a aceptar la necesidad de experimentar una situación que culmina en un ataque de angina, podrá aceptar el dolor anginoso como componente “real” del contexto general de la situación.
Otra de las ventajas está en que la sugestión hipnótica puede ser abolida fácilmente, proveyendo de un medio efectivo para eliminar el estímulo en un tiempo fijo. Cuando uno sugiere a un paciente cardiaco con angina de pecho que siente dolor en el pecho, puede ser muy importante abolir la sugestión rápidamente.
Otra ventaja poco explorada de la sugestión por hipnosis es que nos permite separar, hasta un cierto grado, la reacción cardiovascular de las de otros sistemas: de las del muscular, por ejemplo. El sujeto a quien se le sugiere un esfuerzo alucinatorio -como ascender o correr-, puede realmente “experimentar” que está haciendo lo que se le ordenó, mientras permanece inmóvil, en posición horizontal, que no implica ningún verdadero ejercicio muscular.
La experimentación con la hipnosis se presta a muchas variaciones: el sujeto puede estar relajado, hasta el punto de perder por completo el tono muscular, la conciencia de su cuerpo; sumido en el letargo y la anestesia por completo; o ser mantenido con un cierto grado de rigidez muscular. El sujeto puede estar en profundo trance sonambúlico, responder mentalmente y participar activamente en el experimento.

Demostración de la “posibilidad”

Antes de plantear un experimento en gran escala, costoso y largo, debe tenerse al menos alguna indicación de que el trabajo va encaminado en la dirección prometedora. Por lo tanto, el primer paso que debe darse consiste en una razonable demostración de la posibilidad de producir una reacción particular. En otras palabras: debemos demostrar, con por lo menos un individuo, que una particular respuesta de bastante magnitud, debe atribuirse a la sugestión hecha. Esto parece muy sencillo, mas, en realidad, implica muchos problemas concernientes a la naturaleza de la “prueba”.
Una cuestión que surge se refiere al número de veces que una respuesta característica tiene que ser producida en un individuo para que nazca la certeza razonable de que fue, sin lugar a duda, el resultado de la sugestión hipnótica que se le hizo.
Algo importante que hay que tener en cuenta es la cantidad de información de que se dispone sobre un individuo particular. Supongamos que intentamos producir una importante depresión del segmento S-T (de 0.1 milivoltio o más), en un sujeto sano, de quien no hay razón para sospechar que nunca haya experimentado tal cambio. Si éste ocurre aunque sea sólo una vez, a los pocos minutos de hacerle una sugestión de ansiedad, sería razonable creer que se debió a la sugestión, y que no habría tenido lugar sin ella. Supongamos, sin embargo, que llevamos a cabo un experimento semejante, con un paciente que tiene una historia de ataque anginosos. Puesto que un cambio similar electrocardiográfico puede producirse durante un ataque de angina de pecho, uno debe descartar la coincidencia de que sobrevenga un ataque, inmediatamente después de hacer la sugestión de ansiedad.
Un individuo que padece de esos ataques, sólo después de hacer ejercicio, y nunca en tanto descansa, no presenta, naturalmente, ningún problema, si la sugestión de ansiedad puede provocar una reacción mientras está descansando. Pero supongamos que un sujeto padece los ataques en cualquier momento, durante el periodo de vigilia de 16 o 17 horas. ¿Cuántas veces deberá ocurrir la baja del segmento S-T, experimentalmente, en tal persona, para que podamos descartar la coincidencia de los ataques, con algún grado razonable de certidumbre? Permítasenos suponen, también, que el sujeto nunca ha sufrido, espontáneamente, más de dos ataques, en cualquier periodo de 16-17 horas, y que el lapso experimental será de cinco minutos. No es necesario preocuparse acerca de un ataque que pudiera acometer al paciente, durante el periodo de control precedente, puesto que sería descubierto y el experimento cesaría de inmediato. ¿Cuál es la probabilidad de que cualquiera de los dos ataques, cada uno de los cuales es posible que acometa en cualquier momento, durante aproximadamente un periodo de 1000 minutos, que comience en el transcurso de los cinco minutos del experimento?
Esta probabilidad es, aproximadamente igual a N veces L, dividido entre 1000: N es el número máximo de ataques, padecidos por el individuo, durante el periodo de vigilia de 1000 minutos; y L es la extensión del lapso experimental. Con estos valores aceptados, la probabilidad es 2 X 5/1000; o sea, sólo de 0.01. En un individuo así, por lo tanto, una única baja del segmento S-T, puede calificarse de prueba del resultado feliz del experimento, más que de ataque anginoso espontáneo concomitante. Si aumenta la longitud del periodo experiental, o si el sujeto padece, habitualmente, más de dos ataques diarios, sería aconsejable someterlo a dos experimentos consecutivos y que ambos tuvieran éxito. Aun si la probabilidad de que cualquier experimento único fuera acompañado de un ataque anginoso concomitante es tan grande como 0.1, la probabilidad de que dos experimentos fueran acompañados de ataques concomitantes anginosos es 0.1 X 0.1, o sea 0.01, que es un valor bastante bajo.
En la exposición precedente no tomamos en cuenta lo que significaría la elevación del segmento S-T a su valor “normal”. Ciertamente, una rápida abolición de la reacción, después de eliminar la sugestión, debe asociarse con un valor adicional de probabilidad, aumentando así, todavía más, la probabilidad de que la respuesta esté directamente relacionada con la sugestión hipnótica.
No hemos hecho ningún intento de calcular la magnitud de esta probabilidad. Sólo hemos dicho que, durante cualquier periodo definido de tiempo, era menor a 1.0. El problema de calcular es muy complicado porque, en muchos casos, el simple hecho de que se consiga una desviación del nivel ordinario, puede poner en movimiento el mecanismo fisiológico que tenderá a restaurar el valor original.
Todo lo anterior se refirió a un solo experimento, con un estímulo único. Sin embargo, algunas veces, uno ignora, por adelantado, cuál sugestión, precisamente, será la efectiva, y planea ensayar un estímulo tras otro, hasta lograr el éxito. En un experimento de este tipo, debe llevarse la cuenta del aumento de tiempo durante el cual puede presentarse un ataque anginoso concomitante y, ahora también, probablemente sería aconsejable insistir en otros experimentos llevados a cabo con éxito, después del proceso inicial de cribar los estímulos.
A causa de la naturaleza posiblemente peligrosa de algunos de estos experimentos, en especial cuando en ellos figuran pacientes cardiacos, es satisfactorio darse cuenta de que se pueden conseguir resultados “importantes” con únicamente uno o dos ensayos, acompañados por el éxito, con solo un individuo.
Hechos tales como una baja del segmento S-T, o la depresión suficiente de la onda-T en ciertas derivaciones, son lo bastante raros como para que uno, o algunas veces dos éxitos, puedan considerarse una prueba aceptable.
Ahora permítasenos referirnos a características tales como la velocidad del latido cardiaco o la presión arterial, que suelen estar sujetas a continuos cambios. Si, por ejemplo, definimos un aumento de 20 o más latidos por minuto, como un cambio importante, ¿cuántas veces debe un sujeto normal y saludable, en reposo, experimentar tal aumento después de la sugestión (y volver a la normalidad después de eliminar la sugestión), para que sea dable descartar un cambio espontáneo? Es casi imposible asignar, en este caso, un valor de probabilidad numérica exacto, pero parecería irracional pensar que la probabilidad de que ocurriera semejante cambio espontáneo podría ser tan grande como 0.1, implicaría 20 elevaciones espontáneas de esta magnitud, de la velocidad del latido cardiaco durante un día: más de una por hora de vigilia, en un individuo saludable y normal que está en reposo, en posición horizontal. Ésta, sin duda alguna, es una sobrevaloración, especialmente si tenemos en cuenta que de nuevo pasamos por alto la probabilidad relacionada con la eliminación de la sugestión.
De nuevo, como en el caso de la baja del segmento S-T, dos experimentos llevados a cabo con éxito, deben asociarse a una probabilidad igual al producto de las probabilidades del individuo: a lo sumo 0.01.
Vemos, por consiguiente, que para el fin de establecer casi cualquier alteración apreciable de una función cardiovascular, son suficientes dos éxitos para demostrar su asociación con una sugestión particular hecha a un sujeto y, por lo tanto, probar que es “posible” provocar la reacción.
En las exposiciones precedentes, cada experimento con un paciente dado, fue considerado separado de otros experimentos con el mismo individuo. En la práctica propiamente dicha éste es, algunas veces, un falso supuesto, ya que el simple hecho de que se haya realizado un experimento con éxito, puede hacer cambiar las respuestas del sujeto, en futuro experimentos con el mismo estímulo. Tal cosa queda de manifiesto con el paciente que responde recordando la emoción asociada con ideas reprimidas u olvidadas, cuando se le hace una sugestión y que, después, no vuelve a recordar lo que puede ocurrir si la reacción inicial produce un cambio emocional, como resultado del cual el recuerdo no puede volver a la mente.